Radicalismo, cuando la pasión reemplaza el análisis
Por: Dúmar Álex Parra
Nos hemos venido acostumbrando a vivir en una Colombia polarizada. A quien no avala la ideología petrista lo etiquetan de “paraco” o “uribestia” y, a quien no es afín a la derecha, lo tildan de “guerrillero” o “mamerto”. No podemos desconocer que esa realidad, en parte, obedece a las narrativas de líderes políticos de derecha e izquierda, pero también es verdad que los radicales y fanáticos, defensores acérrimos de las corrientes políticas que hoy se disputan el poder, son los que realmente sostienen la polarización que tanto daño le hace al país.
Como si fuera poco servir de base a esa división en nuestra sociedad, ser radical resulta peligroso porque impulsa a la gente hacia extremos donde todo se divide entre “buenos y malos”, “amigos y enemigos”. En ese escenario desaparecen los puntos medios y el diálogo se vuelve casi imposible. Además, el radicalismo deja sin argumentos a los ciudadanos al momento de defender una causa y los convierte en fanáticos que reemplazan el análisis por la pasión, llegando incluso a insultar o, en los peores casos, a usar la violencia contra quienes piensan distinto.
Lo más preocupante es que los radicales en Colombia representan un alto porcentaje de la intención de voto y suelen justificar cualquier error de su líder, mientras atacan toda crítica, incluso cuando es válida. Muchos saben que las cosas están mal, pero el fanatismo les impide reconocerlo; prefieren seguir defendiendo a su político antes que aceptar que se equivocaron. El radicalismo también divide familias y aleja amistades, porque cada vez más los fanáticos ven la política como si fuera un partido de fútbol, con barras bravas incapaces de convivir entre sí. Colombia es un parís en democracia y no necesita más fanáticos defendiendo políticos; necesita ciudadanos capaces de pensar, analizar y elegir bien.

